domenica 26 luglio 2015

Las aventuras de don Venturas y Esventuras sobre el Nueve. Romance pìcaro y crònicas del año 1615.

Don Venturas y Esventuras esperando el Nueve bajo el sol. Imagen del año 1615.
En un barrio de Florencia de cuyo nombre no quiero acordarme, però que quizàs se llama Isoloto, vivìa un hombre que habìa sido, un tiempo, un gran caballero. Su nombre era don Ricardo de Venturas y Esventuras, y después de haber guidado docenas y docenas de automòviles, ambulancias, camiones, bicicletas y persìn un tren, en su decadente maturidad que menaba a la vequiaja se habìa retrobado sin autovehìculos y, por eso, estaba obligado de servirse de los servicios de autobuses urbanos de la ciudad, y en particular de la lìnea que se desarrollaba en su barrio olvidado por Dios y por los hombres: la lìnea 9, dicha familiarmente El Nueve. La presente historia se esvolge en el terrible verano del '15 (1615, naturalmiente), en que la temperatura alcanzaba cada dìa puntas de cuarenta grados a la sombra, y no habìa sombra especialmiente a las fermadas de la parte màs profunda y lejana del barrio donde nuestro caballero habitaba: el Argin Grueso. Tràtase, estimadas lectrices y honrados lectores, de una especie de romance pìcaro que ocurrìa praticamiente cada dìa que Dios meteba en tierra, y que dejaba a don Venturas y Esventuras, como él mismo solìa decir, motorizado a piè -y también alcuanto encazado aunque con la paciencia y la resignaciòn que le promanaban de su edad avanciada. Però bando a las chanchas y vamos ver como se pasaba, en el barrio del Isoloto, la vida de los desgraciados utente del servicio de autobuses y de transportes florentinos en aquel tiempo muy remoto y oserey decir remotìsimo.

  1. El Nueve y la ATAF. Introducciòn històrica.

El Nueve, es decir la lìnea 9 del bus urbano florentino, tenìa un pasado muy glorioso desde quando el barrio del Isoloto habìa sido construido por impulso de un mìtico alcalde cuyas vicisitudes se pierden en la leyenda: don Jorge la Pira, santo hombre a quien algunos lo llamabam “El comunista de Dios”. Con grandes autobuses biplanos de color vierde olivo, el Nueve colegaba el Isoloto con la Estaciòn ferroviaria de Florencia, y con frecuencias muy elevadas desde las primeras luces de la mañana hacia la medianoche pasada. Era una instituciòn en aquel barrio popular, que los otros florentinos consideraban como una especie de Bronx y que habrìa visto en el Sesenta y Ocho (1568, obviamiente) luchas considerables también por parte de un pàroco de la iglesia local, don Mazos y Mazos, hombre muy ilustrado a quien los fascistas interrumpieron la misa de la Navidad y que estaba ostejado por las hierarquìas de la curia florentina. El Nueve acompañò a las viciendas del Isoloto hacia el año '10 (1610, va por sì), cuando inauguròse -después unos siglos de construcciòn- la famosa tranvìa, un tren urbano que colegaba la Estaciòn ferroviaria de Santa Marìa Novela al suburbio de Escandichos. La tranvìa relegò al pobre Nueve a la muy baja calidad de bus de barrio, servicio interno en funciòn de la tranvìa que partìa de la plaza Batones (una de las plazas màs feas y encasinadas de la ciudad) y terminaba en la calle de Lucca en correspondencia de otra fermada de la tranvìa, la Federiga (la mano amiga).


El Nueve en la plaza Batones, en la noche obscura de tiempos remotos.

Todo esto se pasaba en un momento muy particular de la historia de los transportes florentinos: la fìn del verdadero servicio pùblico. Era una época donde todo se privatizaba en el sector de los transportes: autobuses urbanos y extraurbanos, trenes, estaciones, autistas, tranvìas, metropolitanas. Especialmiente ciertos ex compagneros, recién convertidos a la filosofìa de mercado y al liberismo màs esfrenado, habìan decidido que los transportes urbanos no debìan servir al transporte de la gente, sino a hacer dinero y ganar provechos. Fue asì, por ejemplo, que otro famoso alcalde de Florencia, don Mateo Rienzos (dicho “El cázaro de Riñano” - y asì lo llamaremos en la continuaciòn de nuestra historia), decidiò que la ATAF debìa ser privatizada y vendida al mejor oferente. Presentando la cosa, al sòlitos, como “amejoraciòn y optimizaciòn del servicio por el bien del pueblo”, y otras estronzadas del género a las cuales dicho pueblo creìa sin oponerse, El cázaro de Riñano (no obstante una lucha muy blanda por parte del personal de la ATAF) logrò finalmiente privatizar la ATAF, que se volviò en la Acienda Trufaldina de Autotransportes Florentinos. Una enculada clamorosa pasada bajo la sonrisa de los pecorones, es decir el 96% de la poblaciòn de Florencia; però que dichos pecorones se acorgieron muy temprano del trafuero del Fréjus que El cázaro de Riñano les habìa escavado en el didietros, y muguñaban como siempre muguñan las favas, sin hacer nada de nada a parte borbotar o esbraitar putanadas en la calle (y sobre el bus), opures declarar de votar para doña Melòn o para don Salviños de la Panza.

¿Qué se pasò con la privatizaciòn de la ATAF? Tallos de personal y de lìneas. Horarios indecientes. Amenazas a los dependientes en esciòpero. Disservicios en continuaciòn. Aumientos de los billetes. Controles salvajes y agresivos y autistas que guidan como rinocerontes en calor, y constantemente ocupados en conversaciones con sus Esmartòfonos de mierda y con cufietas en las orejas (un tiempo estaba escrito en los autobuses: “No hablar al conduciente”). El pobre Nueve del Isoloto, una vez el orgullo del barrio, tuvo que padecer particularmiente de esta “optimizaciòn” en el nombre del provecho, y en una época en la cual el barrio se habìa volvido en un dormitòrio lleno de ancianos bavosos (¡y que Dios se los tome una buena vez!) y que, la tarde y la noche, estaba màs muerto de un cimiterio en el més de noviembre.

  1. Narra don Venturas y Esventuras. Un dìa estàndar sobre el Nueve, con particular atenciòn a los domingos de verano.

Narra en su diario telemàtico (o blogue) don Venturas y Esventuras, gran caballero en la condiciòn de peòn y utiente cotidiano del Nueve, que en el muy caliente verano del '15 la situaciòn estaba la siguiente:

“Queridìsima lectriz, muy ilustre lector, si la mala suerte y un destino cìnico y baro te llevare un dìa al capolìnea del Nueve en la plaza Batones, al limitar del barrio del Isoloto, tienes que saber algunas cosas y, sobretodo, espetarte lo que sigue abajo.

En este domingo de verano del año del Señor 1615, cuatro personas, circa a las diez de la mañana, atendìan el Nueve a la fermada Argin Grueso 04. El Argin Grueso es la parte màs desierta del barrio, una sequela de casermones, cuya poblaciòn tiene la idad media de setenta y cinco años. Bajo el sol implacable atendìamos el Nueve qua no pasaba, però que eso es muy normal: en los domingos de verano, la optimizaciòn privatizada ha decidido que hayan solo tres corsas a la hora, y por lo resto, y literalmente, atàcate al tram. La corsa atendida, però, no pasaba y no pasaba. El tabelòn electrònico de la fermada, a un cierto punto, ha comienzado a decirnos que aùn faltaban 29 minutos.

Todos hemos pensado a la célebre Constante del Argin Grueso. Tràtase de una complicadìsima formula fìsico-matemàtica, un càlculo que habrìa metido en gran dificultad también a los muy cienciados y ilustres matemàticos moros, por la cual el Nueve pasa siempre en antìcipo o en retardo sobre la tabela horaria que la ATAF ataca a las fermadas de la longuìsima calle del Argin Grueso – tabela que, como Vuestras Mercedes pueden imaginar, es poco menos que carta estracha. Calcular cuando debes ir a la fermada para tomar el Nueve (también basàndote sobre las tabelas horarias publicadas en el sitio Internético de la ATAF) pertenece a lo fantàstico y al imaginario; si, por ejemplo, la tabela dice que el Nueve va pasar a las 10,04, puedes estar cierto que o està ya pasado cinco minutos antes porque los autistas no paran a las fermadas desiertas de aquel osmanoro, o que va pasar diez minutos después porque el autista està tomando un cafè o està hablando al capolìnea con su morosa, su mamà, su amigo o con la mujer de su amigo que jela dà de escondido. El càlculo de la Constante del Argin Grueso es aleatorio y pertenece al càlculo de las probabilidades, una disciplina que los isolotinos y especialmiente los habitantes del Argin Grueso no estàn muy capables de entender; y asì, madre de Dios, bisoña andar completamiente a casacho. Minutos antes o minutos después, es lo mismo. Pero, esta mañana de domingo, el nueve no pasaba y la media hora ha sido una media hora verdadera. Se habìa pasado, como hemos aprendido después, que un nuevísimo y estrombazadísimo autobus que hacìa servicio por el Nueve se habìa roto, guastado, capute como dicen los Alemanes. Y el tabelòn electrònico de la fermada, ¿que hacìa? Nada. Decìanos sus veinte y nueve minutos del cazo y publicizaba nùmeros verdes, app, sitios y otras maravillas de este mundo moderno, que no sirven a una siega cuando estàs bajo el sol de julio, puerca zòcola. Bastaba decirnos: el bus se ha guastado y arranjàtevos. Nada. Y hay que tenir cuenta que no todas las fermadas tienen el tabelòn: los otros que esperaban al Nueve a las otras fermadas sin tabelòn, no sabìan nada de nada. Ni tampoco los 29 minutos.

Piensas que es todo? Ma manco por esta minquia. Los saltos de cuersas son la normalidad sobre el Nueve: buses que no pasas jamàs, supresiones incògnitas, bestemias en continuaciòn bajo el calor del verano y el frìo del invierno. Autistas que no tienen jamàs medias misuras: o van como lumacas y te hacen perder la concidencia con la tranvìa a plaza Batones, o guidan que parecen al autòdromo de Monzas y frenan a los semàforos rojos o a las fermadas hacièndote espatacar por la tierra a menos que no seas ecuilibrista. Otra constante, y la he experimentada yo mismo parequias veces, es cuando estàs a la fermada de tu Argin Grueso y ves al Nueve que arriba: te esbrachas, te haces ver claramente, llamas, cantas, haces capriolas, y nada. El autista te ignora alegramente y pasa por antes a velocidad de Eschumàquer. Y aloras ves como es necesario, por ejemplo, siempre portarte un libro o la Semana Enigmìstica si tienes que tomar el Nueve: podrìas esperarlo el tiempo necesario para leerte un buen capìtulo del Quijote del gran caballero de Cervantes. Esta es la situaciòn con el Nueve, queridísima lectriz, muy Señor mìo lector; y estos son los lindos resultados de la privatizaciòn. Las lìneas de los barrios populares estàn en la mierda total y sesquipedal, y el pueblo ignorante y chuco tiene que arranjarse porqué, tanto, la cuelpa està siempre y comunques de los gitanos, de los negros y de los àrabes y que hay que votar para don Salviños (como he oìdo muchas veces proprio sobre el Nueve, junto con làstimas y dolencias agras para El cázaro de Riñano, el mismo que todos habìan votado porque es el àngel del bello, pedonaliza dos plazas del cientro y construye los fontanellos de agua de calidad al amianto). Y aùn no he hablado de la trufa de las trufas, a la que hay que dedicar un capituleto entiero. Oye ahora.”

  1. Narra don Venturas y Esventuras. La trufa del Nochetiempo.

Narra ancoras don Venturas y Esventuras: “Debes saber, delicadìsima lectriz, muy destacado lector, que, con la privatizaciòn de la ATAF y la restructuraciòn y optimizaciòn de las lìneas, los habitantes que no tienen el coche por necesidad, por escelta o por acidente, estàn condenados a horarios de segunda media si quieren sortir la tarde. Tomemos el Nueve, por ejemplo: una de las primeras medidas de la ATAF, no contenta de todo el resto, ha sido hacer terminar las corsas del Nueve a las horas 22,05. Antes, el Nueve corrìa hacia la medianoche; ahora, si pierdes la ùltima corsa de las 22,05, tienes que hacer dos cosas: o quedas a tu casa y guardas la televisiòn, muy instructiva y democràtica, opures tienes que marchar. Batones-Argin Grueso hacen dos quilòmetros y medio, y tienes que hacértelos a zampas, o fettones como prefieres. Bajo todo tiempo: llueva, caya la nieve, florezca la primavera, tire el viento del otoño o haga un calor de la madona en el verano. Y lo mismo vale para todas las otras lìneas: la ATAF privatizada no solo ha suprimido las ùltimas corsas de la mayorìa de las lìneas, sino también las tres lineas nocturnas que tocaban varios puntos de la ciudad. Ramos secos. Pèrdida. Falta de provecho. Pacto de estabilidad. Tallos y restructuraciones. Però, ècote el colpo de genio: el Nochetiempo.

El Nochetiempo. La mujer que monta era la fidanciada de autista, cansada de que su novio sempre andase con la Federiga en la noche.

El Nochetiempo es el “servicio” que deberìa substituir las ùltimas corsas nocturnas de muchìsimas lìneas y las antiguas lìneas nocturnas: un “servicio a llamada”, con billete a 4 doblones en lugar de los 1,20 del servicio normal, en base al cual ocorre llamar, come dicen los avisos, un nùmero telefònico (055.5650555) con media hora de preaviso, registrarte, prenotar y recarte a ciertas fermadas (Batones por ejemplo) dove un autista solitario y muy asombrado te puertarìa a la fermada màs vecina a tu casa, hacia las dos y media de la noche obscura y peligrosa. Quédate a casa y rincojònate con la televisiòn en tu caliente familia! Y si no quieras, bien, pruébate a llamarlo, el Nochetiempo cuando suertas de la tranvìa a medianoche y media, aùn dispuesto a esperar media hora. No te responde ningùn. Jamàs. Tu teléfono hace rumores muy estraños, bipes-bipes, clic clic, zin-zin, y se cierra. Opures suena a vueto, tùùùù, tùùùù, tùùùù, dos o tres minutos, y se interrumpe. Otras veces el teléfono te dice con una cariñosa voz de jovencita que “El nùmero llamado està inexistente”; y aloras, antes de marchar, te interrogas un poquito o magares tomas un taxi, que es muy caro ma que te puerta de Batones al Argin Grueso en tres minutos por 7 doblones, que no es en fundo mucho màs que cuatro.


Dos veces, però, me ha ocurrido una cosa. He encontrado el Nochetiempo parado a Batones, con el autista que dormìa en el bus vacìo y en la obscuridad. Lo he despertado, y el pobre autista, muy feliz de que qualquién lo cagara un poquito, me ha portado a casa sin hacerme pagar nada y bastante volloso de hacer dos quiàquieras conmigo. Un pequeño acto de sabotaje, o de solidaridad, llàmenlo como quieren; cosas del tiempo de la privatizaciòn salvaje liberista y de la época del Cázaro de Riñano. Y le he preguntado al autista como funciona verdaderamente con el Nochetiempo, visto que tenìa una gran curiosidad. Eso me ha respondido:

'Señor, usted tiene que saber que el Nochetiempo, en realidad, no existe. Las llamadas son tomadas solo por un operador, uno, que hace lo que quiere y trabaja 45 minutos circa a las 6 o 6,30 de la tarde, y pues cierra todo y bip-bip. Ocorre registrarse para toda la semana, y el operador muy espeso registra y prenota a los que él quiere, amigos, conoscentes etcétera. Es inùtil llamar al Nochetiempo después de las siete de la tarde, porquè no hay ningùn que responde; y asì nosotros hacemos tres corsas, viajamos vacìos, tomamos el cafè a la ERG de la Avenida de Etruria que està abierta toda la noche, hacemos una peniquella y a las dos y media ce ne tornamos a casiña nuestra. Y la acienda resparmia haciendo creer que existe un servicio nocturno a llamada al cual no se puede llamar si no se conosce el intrigo.'

Esgranando un poco los ojos, que tanto no se veìa porque estava muy buyo, he tirado fuera el portafuellos para pagar el billete, que el autista ha refiutado con un guiño satànico que ce estaba muy bien pues que la plaza de Batones està al lado de la calle del Palacio de los Diablos. ¿Y còmo definirìan todo eso? En el mejor de los casos una enculada clamorosa que poquìsimos conocen; el el peor, una trufa legalizada a los daños de pùblicos utientes, a los cuales se propone un servicio imaginario o reservados a pocos amigos de los amigos. El pacto de enculaciòn.”

Asì se termina el diario de nuestro caballero don Venturas y Esventuras. Lo vemos ahora en el calor del verano con su trista figura y zu zàino dicho “Sancho”, o en la obscuridad de la noche mientras marcha direcciòn al Argin Grueso. O lastimar junto con otros y otras, gritando “Ma quand'arrìa el Nueve, diahaneee...?!?!?”, y fumar cigarros porque cree en la antigua leyenda de que quando te enciendes un cigarro, siempre arriba el bus. Antiguas historias de la época de la privatizaciòn salvaje; però estamos seguros que, pasados cuatro siglos, todo se arreglarà y que nos espera un futuro muy luminoso.

martedì 21 luglio 2015

Piazzale Est


La stazione di Bologna, la più grossa stazione di transito d'Italia (non terminale, cioè, come sono Roma Termini o Firenze Santa Maria Novella), per far partire i localacci e gli interregionali ha bisogno dei piazzali: Est e Ovest. E se per caso , per cambiare un trenaccio in un luglio africano, tocca scendere al piazzale Ovest (quello famoso per i treni per e da Poggio Rusco, che sarebbe come se in Liguria un posto si chiamasse "Poggio Rumenta" o in Lazio "Poggio Monnezza") per andare a prendere la coincidenza per Prato al piazzale Est,  c'è da camminare. Parecchio da camminare. Succede quando, per risparmiare qualche soldo e disposti veramente a tutto, si viaggia coi treni regionali e interregionali; io sono uno di quelli là, di quelli disposti, appunto. Quelli del Treno a Bassa Velocità. Quelli delle stazioni mai viste da voialtri umani, perché la stazione di Pontenure non sapete nemmeno che esiste. Non vi siete mai fermati a Musiano Pian di Macina, voi del Freccia Club o della Top Class di Italo. Ne sapete un cazzo, voi, della stazione di Populonia Baratti; e nemmeno di quella di San Benedetto Val di Sambro, che poi c'entra qualcosa con quel che mi accingo a raccontare.

Siamo dunque al piazzale Ovest della stazione di Bologna, quello di Poggio Rusco; si scende da un regionale da Piacenza, e comincia la camminata per andare a prendere il 2277 Bologna-Prato, ferma a tutte le stazioni, cinque vagoni, aria condizionata a macchia di leopardo, controllore sbracato, fumatina regolare nel cesso chiuso a chiave perché le ritirate sono ancora di quelle col finestrino a "vasistas". I passeggeri, pochi, tutti ammassati nell'unico vagone dove sembra esserci una parvenza di aria condizionata; negli altri, una temperatura sui 45 gradi. Ma il biglietto costa sette euri e novantacinque; poi, da Prato, si fa a sbafo fino a Firenze perché tanto il biglietto non lo controllano mai. Esistono tutte delle tecniche delle quali non vi parlerò; se però volete andare da Firenze a Bologna senza spendere un centesimo, basta prendere il locale da Rifredi alle 4,41 del mattino e ve la potete dormire certi che, su quel treno, il controllore non c'è nemmeno. Ci sono dei ceffi abbastanza brutti, è vero, ma pur sempre meno brutti del compagno Moretti, l'ex amministratore delegato delle Ferrovie, e, più che altro, che non hanno provocato nessuna strage alla stazione di Viareggio. E che non hanno fatto esplodere, su un treno, nemmeno un raudo fischione.

Ma torniamo alla stazione di Bologna e alla camminata coast to coast dal piazzale Ovest al piazzale Est. Occorre farla, per forza, dal marciapiede del binario 1 centrale; e così, ogni volta, si rifà tutto il percorso. Lo squarcio nella parete, che è stato lasciato mettendoci una vetrata. La fermata alla sala d'aspetto, che è già tanto se c'è ancora una sala d'aspetto in una stazione, visto che in altre le hanno tolte di mezzo sostituendole col Freccia Club o col Club Italo; la lapide con ottantacinque nomi, le immagini che ritornano, i cadaveri portati via sopra l'autobus della linea 37, l'orologio fermo sulle dieci e venticinque. Eppure, oggi, è una giornata normalissima, a parte il caldo micidiale; ma non c'è nessuna fretta. Si deve vedere anche, seppur brevemente, un amico di passaggio da quelle parti. Tempo anche di constatare che, nella sala d'aspetto, ora c'è pure la Stanza delle coccole, uno spazio per far giocare i bambini. E si ripensa, magari, a Angela Fresu, di anni tre, che un due di agosto di tanti anni fa non ha avuto nessuna coccola. Si ripensa a tante cose in questo maledetto paese, e ci si pensa ovunque si metta piede viaggiando dove si fermano treni lenti e scalcinati.

Dalla sala d'aspetto e dallo squarcio, accanto al quale un'altra lapide ricorda come vi si sia fermato a pregare anche Giovanni Paolo II (quello che pregava ovunque, anche sui balconi assieme ai dittatori cileni), ancora lungo è il cammino per il piazzale Est. Specialmente col solito zaino in spalla dove c'è tutta la casa, si può dire. Noialtri viaggiatori alla God Hangman (= alla 'ioboia, ndr) non si scherza mica; si piglia un trenaccio per andare a Genova in una piazza, si canta la canzone di Sotiris Petrulas, ragazzo ammazzato dalla polizia, insieme alla madre di un ragazzo ammazzato dalla polizia; si balla su una canzone scritta in galera da uno che è morto, poi, di cancro, e si ripiglia un altro trenaccio da Brignole passando, sotto un sole cocente, per via Tolemaide che magari questo nome a qualcuno ricorderà qualcosa; ma mica per tornare a casa. Si va a Milano Rogoredo, dove alle nove della sera ci saranno trentasei gradi. E poi a Piacenza, 33 gradi alle undici e mezzo la sera. Il giorno dopo, cioè oggi, altri treni dimenticati. Lo zaino coi libri di fantasmi (compresa la Carmilla di Le Fanu, che non è on line ma in un vecchio libriccino da mille lire), la Settimana Enigmistica, la macchinetta fotografica, le matite e le penne nell'astuccio con Titti il Canarino, l'asciugamano cubano, le sigarette, le chiavi, le magliette di ricambio, il coltellino svizzero, l'ombrello tascabile, il cavatappi e la bottiglietta d'acqua brodosa.

Con quello zaino in spalla, magari a un'età non più da ragazzino, piano piano si esce da quella che, generalmente, si definisce "stazione di Bologna". Formalmente, certo, è la stessa stazione; ma, a un certo punto, scompaiono i tabelloni hi-tech, le tabaccherie, la macchinette vendi-ogni-cosa, i vacanzieri, i simil-manager in simil-giacca e simil-cravatta, tutto. Come passare da una città a un paesino dimenticato da dio. Viene quasi da pensare che, quel due di agosto, dal piazzale Est non si sia sentita nemmeno l'esplosione e che sia partito, pure in orario, un locale per Prato. 

Il Piazzale Est è un mondo a parte, a world apart. Quattro binari per destinazioni del tipo Monzuno o Portomaggiore. Trenini fermi a aspettare chissà chi; e persino un ingresso separato, che dà su una via dedicata a tale Masini. Al posto delle macchinette automatiche, dei gadget e di tutte le altre stazionàggini, una vera, autentica fontanella che butta acqua pigiando il rubinetto. Si avvicina un ragazzo africano, magari di un paese dove in questo momento c'è una gradevole temperatura di venti gradi, e si fa un'accurata pulizia del viso e delle braccia; poi torna a risistemarsi su dei materassini, poco più in là, assieme a degli altri ragazzi come lui. Tutti stesi all'ombra della tettoia del binario 4, da dove l'ultimo treno dev'essere partito quindici anni fa. Compostissimi, si riposano senza fare nessun rumore e danno un senso di pulizia. Lo imito; puzzo che avello, sudato fradicio, e una rinfrescata ci vuole proprio. L'acqua è pure fresca e sostituisco la melma che oramai ho nella bottiglietta. Tre persone in tutto a aspettare il treno per Prato, il 2277, che tra non molto piglierà la strada dell'Appennino come fosse un partigiano; e il paragone non è di fuori, visto che dal piazzale Est partono pure i locali per Marzabotto.

Un operaio sta a leggere le stronzate del "Resto del Carlino" seduto su un muletto Jungheinrich, che vorrebbe dire "giovane Enrico". Potrei stendermi da qualche parte, dopo aver dato una sigaretta a una ragazza che mi dice che "dorme per la strada". Le rispondo che la sigaretta gliela avrei data anche se dormiva allo Sheraton, e ci si fa una risata. Che si fa? Potrei stendermi da qualche parte; ma se mi stendo da qualche parte, mi addormento. E allora si esplora ben bene il piazzale Est, quel mondo a sé dentro la grande stazione che ne ha viste di tutte tranne, appunto, il piazzale Est. E così, dopo un po', scopro una cosa: questa qua sotto.



Silver Sirotti, il 4 agosto 1974, ha immolato la giovane vita ai più alti ideali di umana solidarietà. Traduzione: dev'essere saltato in aria sul treno Italicus. E sto lì a guardare quella lapide davanti alla quale non si dev'essere fermato a pregare nessun papa, al massimo il parroco di via Masini. Nessuno squarcio vetrato nel muro; a Silver Sirotti, ferroviere del personale viaggiante di Bologna, è stato riservato un angolino del piazzale Est. Non ne so nulla, di Silver Sirotti. Uno qualunque che era a lavorare assieme a degli altri qualunque che viaggiavano su un treno esploso in una galleria. Poi quel treno, e me lo ricordo bene anche se avevo solo undici anni, fu tirato fuori e portato, sventrato, alla stazione di San Benedetto val di Sambro. Una di quelle dove ferma il locale per Prato; poi fa la galleria e sbuca a Vernio-Montepiano-Cantagallo. Mi ci fermai anche io, a quella stazione, con un'ambulanza; era il 23 dicembre 1984 ed era, provate a immaginare, saltato in aria un treno. Ed è così che Silver Sirotti è diventato una targa metallica attaccata su un muro del piazzale Est. Cinquecento metri a valle c'è l'enorme lapide sulla quale hanno scritto: Vittime del terrorismo fascista. Per Silver Sirotti, nessun terrorismo e nessun fascista. Solo il nome di un treno e una data. E, dimenticavo, la giovane vita immolata ai più alti ideali di umana solidarietà.

Non so che cosa abbia fatto e come sia morto esattamente, quel giorno, Silver Sirotti. Non so perché e come si sia immolato. Credo che, come i passeggeri che si trovavano dentro quel treno, avrebbe fatto volentieri a meno di immolarsi; anche perché, in Italia, spesso e volentieri non ci si immola affatto. Ti immolano loro. Per una strategia, per intrighi, per giochi di potere, per ricatti, per tentati golpe, per pressioni, per mafie, per battaglie aeree, per qualsiasi cosa. Poi si fanno i depistaggi, i processi bis ter quater fino ad esaurire gli avverbi numerali latini, le condanne, le cancellazioni, gli appelli, le cassazioni, i comitati dei familiari che chiedono giustizia, e la "giustizia" tutt'al più consiste una lapide più o meno grande. O in una targa metallica al piazzale Est. Al piazzale dell'Est, per due soldi, una targa il Sirotti si beccò; e i due soldi, naturalmente, erano quelli del suo stipendio di ferroviere. E sono passati, quanti? Ah, ecco: quarantuno anni. In un paese che, ora, di solidarietà e di umanità non ne ha più. In un paese carogna dove i fascisti scorrazzano e fanno affaroni. E così, finalmente, mi metto a sedere appoggiato al lastrone terminale di uno dei quattro binari.

C'è da pensare a cose più pratiche e urgenti. Trovare il vagone con l'aria condizionata ad esempio; che privilegiati che siamo diventati. Nel '74, su un treno che non era poi certamente un localaccio, l'aria condizionata non esisteva. Bisognava aprire i finestrini, perché il 4 di agosto faceva caldo di certo e si andava a saltare in aria col vento in faccia. Bisogna sistemarsi alla bell'e meglio, in mezzo a conversazioni telefoniche in lingue sconosciute. Si tirano fuori dallo zaino i libri dei fantasmi, ma di fantasmi, qua, ce ne sono parecchi più che nei libri. Quelli dei libri, poi, sono quasi tutti nobili. Conti, baronesse, eteree fanciulle di alto e antico lignaggio. Hanno nomi esotici, tipo Carmilla. I fantasmi dei treni, invece, sono operai. Ferrovieri, casalinghe, bambini, studenti. E si chiamano, magari, Angela. O Silver. I fantasmi dei libri, alla fine trovano la loro pace o la loro giustizia; quelli dei treni non la trovano. Diventano lapidi o targhe al piazzale Est, ci scusiamo per il disagio.  Stevenson o Le Fanu non avrebbero saputo che farsene; si accontentino di uno che scrive un blog e che passa, sudato, puzzolente e con una bottiglietta d'acqua Lilia, per il piazzale Est per tornare a casa in un'estate rovente.

giovedì 16 luglio 2015

Alexis Mariomontis



Emmenomale che, dalle nostre parti, c'è pure la "Lista Tsipras"; siamo davvero impareggiabili, quando vogliamo. "L'altra Europa"; e s'è visto, come sia "altra", l'Europa di Alexis Tsipras. Certo, non che sussistessero dubbi; pure il referendum, ha escogitato. E ben ci sta pure a noialtri; è andata infatti a finire esattamente come col referendum sull' "acqua bene comune", ve ne ricordate? Un povero demente come, ad esempio, il sottoscritto, che non metteva piede in un seggio elettorale da 25 anni, si lasciò convincere e fece pure gli appelli a andare a votare, quella volta. Risultato: una valanga di acquaioli per il bene comune, e l'acqua che -naturalmente- è stata sempre di più privatizzata e resa sempre più merce, in barba al "referendum". Così in Grecia, con tutti quegli OXI che, pure, qualcosina avranno voluto dire. Poco importa; per Alexis il Bel Ragazzo servivano esclusivamente a "rinegoziare" e a poter definitivamente vendere la Grecia, nonché il suo grazioso culetto. Mentre, quaggiù da noi, cosa fanno gli "tsiprioti"? Organizzano, udite udite, "presìdi" davanti ai consolati tedeschi con tanto di bandierine greche, perché la Grecia è buona e la Germania è cattiva. E così, ecco servita a tutti questa "nuova sinistra europea" e pure l' "altra Europa". Gli Tsipras, i "podemos" (podemos tomarlo en el didietros, como siempre), la "sinistra radicale" che è ben radicata soltanto all'interno del capitalismo da non mettere mai in discussione, e quant'altri. Alla prova dei fatti, e anche quando hanno tutti i bei loro rapporti di forza basati sul voto, tutti questi bravi "sinistri" si rivelano perfettamente uguali a quegli altri, sempre "pragmatici" e, nel caso del bello Tsipras, pure degli spregiudicati e disinvolti ingannatori. E così, i greci alla disperazione si ritrovano con altri "parametri", con il loro OXI tradito e con le solite manovre. Insomma, con un Mario Monti qualsiasi. Alexis Mariomontis, nuovo primo ministro sinistro della Repubblica Greca che marcia diritta verso l'alba. Dorata.

mercoledì 8 luglio 2015

Ora che s'è fatto silenzio



ANNA MARIA MANTINI
"Luisa"
Firenze, 1953 - Roma, 8 luglio 1975
Quarant'anni fa.

Ora che s'è fatto silenzio,
a denti stretti ciao - ma ciao dove
se non su questo pianeta che tu bella
infioravi? Luce succo esalati come
scoppia la melagrana al troppo sole.
Tu clandestina.
E come un tempo fu giovinezza amore
in ogni suo eloquio ogni sua censura,
sul passo d'Arno che sa del tuo bel viso,
Natascia e Buonaluna si sono reincontrati.
Di te chéti parlando della tua corta vita.
Lo scontro a fuoco.
Noi della nostra creatura non possiamo che assaporarne la memoria.
È miele e fiele.
Chiamiamola d'ora in avanti col suo nome di battaglia: Viola.
Una persona che non abbiamo conosciuto
e che ci chiede solo pietà. Pietà e amore.
Lei, assassinata, che il mondo vorrebbe assassina.
Non farmi temere che anche tu lo creda.

Vasco Pratolini.
Da "Il mannello di Natascia e altre cronache di versi e prosa 1930-1980", 1985 

E, alla fine, ci sono andato.
Avevo sempre detto di non volerlo mai fare, sebbene
sapessi dove riposava assieme a suo fratello e ai suoi genitori.
Avevo detto che non avrei voluto violare
con quel gesto qualcosa che non mi appartiene
e non può appartenermi,
io che avevo, allora, meno di dodici anni,
ma che avevo già visto un morto su un selciato
in una sera d'aprile rossa di sangue.
Ci sono andato, poco tempo fa, in tarda primavera,
una domenica,
assieme a una persona che la aveva conosciuta e voleva portare un fiore 
a lei e a suo fratello
e assieme a due altre persone che, come me, non la avevano mai conosciuta.
Quella persona mi aveva convinto,
anche se sapeva di quella mia antica decisione,
mi aveva convinto per amore e per altre cose che non saprei dire.
Ma sono entrato timidamente in quel cimitero,
agitato e incerto:
un'altra cosa cui non tenevo fede, 
e che ora è avvenuta.
Ci ha accolti il custode del cimitero
al quale avevamo chiesto dove si trovasse quella tomba;
ci ha accompagnati lui, direttamente, 
quasi complice, quasi leggero.
Là davanti, agli "ossarini"
dove riposa assieme a tutta la sua famiglia
non avevo fiori
mentre la persona che conosco, e che la conosceva,
deponeva il suo.
Mi è venuto da fare un gesto, forse stupido,
forse no, ma i gesti
sono solo tali e provengono da qualcosa
che quasi mai si è, poi, capaci di dire.
Le ho cantato la prima strofa
dell'Internazionale in francese,
Debout les damnés de la terre,
I Dannati della Terra.
Poi ce ne siamo andati e 
s'è fatto di nuovo silenzio.
Qualche tempo dopo, anzi pochi giorni fa,
mi è capitato di leggere in un libro
per l'ennesima volta, la sua storia;
altro non posso fare.
Pagine scritte, memoria di altri,
e memoria che sanguina.
In particolare
ho letto qualcosa di una persona che conoscevo,
e che non sapevo.
Vorrei saper dire in qualche modo
che di quella cosa avrò sempre rispetto
al di là di tutto,
e anche se ci s'incontra per caso sull'autobus
facendo finta di non conoscersi.
Così va, e forse
così deve andare.
Tutto rimane soltanto di chi è
e il resto è ombra. 

martedì 7 luglio 2015

Τί θα κάνουμε χωρίς δουλειά;



Ho una modesta proposta: farla finita, e definitivamente, con l'economia.

Economia reale, economia alternativa, economia politica, economia domestica, macroeconomia, microeconomia, economia globale, economia economica: raus.

Chiudere sine die le facoltà, la Bocconi, gli istituti previa loro trasformazione in sale da ballo, in spacci alimentari, in bocciofile, in quello che si vuole. Multe salatissime per chi anche nomina Keynes. Più il capitalismo agonizza senza speranza, più ciancia di economia. Accendi la televisione, e ti becchi l'economista del cazzo che "spiega".  Non si scampa più.

E il futuro, e il senzafuturo, e i rimedi praticabili, e il lavoro, e la disoccupazione, e il precariato, e le banche, e l'im-pren-di-to-ria-li-tà, e i ggggiòvani, e le nuove idee, e i flussi, le agenzie, il rating, lo spread, la borsa, il MIBTEL, il Nikkei, e l'euro, e i parametri, e il rigore, il default, il Grexit e le maiale delle loro mamme.

Ci stanno ammazzando. Certo. Ma anche noialtri quasi ci godiamo, ad essere ammazzati. Ci piace fare i disperati, specialmente quando c'è di mezzo la famiglia-feticcio, quella del "tenore di vita". Non c'è il tenore? E si farà col baritono. Ci piace immensamente suicidarci. C'è gente che si suicida per i debiti, ma dico io; sai cosa si fa? I debiti non si pagano. Sarebbe bene farla finita con questo mito del "pagare i debiti", anche moralmente. A volte non bisogna proprio pagare un cazzo. Non puoi vivere perché sei giovane. Non puoi vivere perché sei vecchio. Non puoi vivere perché sei troppo giovane per, non puoi vivere perché sei troppo vecchio per. Proibire i curriculum sotto pena di frusta. Frustare a sangue chi ti chiede il curriculum anche per pulire le scale o impastare una pizza di merda.

Smettere di lavorare. Ecco. Smettere di essere schiavi. Così, pàff, da un giorno all'altro,

Altro che referendum. La Grecia, ma dico la Grecia solo per fare un esempio a caso, domani smette di lavorare in blocco. Smette di suicidarsi: δε θέλουμε να δουλεύουμε. Altro che troika, Merkel e Schäuble: si fottano. E si fottano anche Varoufakis e Tsipras. Non si lavora più, si mangia prendendoci il da mangiare, si dorme prendendoci il da dormire, si beve prendendoci il da bere. SI fa l'amore facendo figli se ci va. Si fallisce, diranno. E noialtri, in greco e in tutte le altre lingue, si risponde: no, i falliti siete voi.

Poveracci falliti, voi che passate la vita a disquisire di un nulla che avete chiamato "economia", così come la passate a scannarvi su un nulla che avete chiamato "dio" in tutte le sue declinazioni possibili. Poveracci falliti, voi che vi compiacete di affamare popoli interi grazie a "profonde analisi". Poveracci falliti voi, con le vostre industrie, le vostre agricolture, i vostri profitti. Poveracci falliti voi con le vostre frontiere, i vostri trattati, le vostre Schengen, le vostre finte "unioni", le vostre monete, le vostre xenofobie, i vostri investimenti. Non ve ne accorgete, ma siete voi in "default", con la vostra vita misera.

Poveracci anche i "critici radicali", che altro non sono che il rovescio della medaglia. Per un certo periodo mi hanno quasi intrigato; poi mi sono accorto del giochino. Si fa una "critica radicale" sparando bordate e producendo manifesti e biblioteche intere "contro il lavoro", ma lavorando. A una qualche università, alle poste, in una pizzicheria o, non di rado, per quello stesso Stato che si vorrebbe tanto abbattere, ma che regolarmente fornisce il Santo Reddito. Ecco: invece di cianciare tanto, smettetela col vostro reddito. Cominciate col dare il buon esempio, invece di scrivere tonnellate di stronzate. Dimettetevi, applicando "contro il lavoro" l'unica cosa possibile ed efficace: smetterla di lavorare. Farla finita col lavoro  e col reddito. Madonna, ma quanto lavoreranno 'sti "critici radicali"; per lottare contro il lavoro, lavorano sedici ore al giorno!

Chiudere "uffici di collocamento", "agenzie interinali" e tutte queste autentiche perversioni. L'altro giorno, sull'autobus, ho incontrato per caso un ragazzo che conosco. Frequentatore di un "centro sociale", persino. Voleva andare a fare l'infermiere in Australia, perché in Australia -diceva- un infermiere guadagna 148.000 dollari all'anno. Lavora, lavora, guadagna, guadagna: e poi, tanto, domani muori.

Fatti la tua bella famigliuola fabbricando altri schiavetti. Emigra, su un aeroplano per l'Australia o su un barcone per la Sicilia. Accanto a te ci sono distese di terre incolte e mandate alla malora, che basterebbe tu ti pigliassi per coltivare ciò di cui hai bisogno; invece vai a comprare al centro commerciale le "primizie" fuori stagioni che vengono, appunto, dall'Australia. Eccotela qui, la tua "economia" di merda.

Fotti il "progresso", caro mio, con la sua eterna puttana chiamata "tecnologia". Eh, lo so, non potrai più fulminarti il cervello chino sullo smartphone. Non potrai più scrivere il tuo blogghino di merda. Viaggiare, magari, ridiventerebbe questione di avventure mirabolanti per le quali, terminato ogni angolo della Terra, si è dovuti ricorrere a immaginari mondi lontanissimi (beh, potremmo anche essere soli nell'universo e, forse, la vera fantascienza è proprio questa!). Viaggiare potrebbe tornare ad essere sia un viaggio dentro se stessi, cosa di cui si è persa l'abitudine soprattutto per la mancanza di tempo dovuta alla schiavitù del lavoro.

Pura utopia, naturalmente. State tranquilli: potrete continuare senza nessun problema a sorbirvi i vostri economisti quotidiani e tutte i vostri spread e default. Sarebbe assai auspicabile anche l'eliminazione totale della lingua inglese, lasciandola tutt'al più al suo stadio più antico: Hwæt! We Gardena in geardagum þeoðcyninga þrim gefrunon... Carta e penna, signori e signore. Quando le idee circolavano per davvero. Ora non circola niente. Circola soltanto il vuoto.

Ma state tranquilli, appunto; anzi, state sereni. Domattina tutti quanti, io compreso, vi sveglierete. Assonnati, andrete a fare la doccia accendendo la radio in bagno per le "ultime notizie": vi parlerà un economista mattiniero della situazione greca o della borsa di Sganghai che in mezza giornata perde l'equivalente del bilancio annuale dello Stato del Burkina Faso. Prenderete la macchina, l'autobus, la bicicletta o i piedi per andare a lavorare; sull'autobus, magari, sentirete il solito comizio improvvisato a base di colpe. E' colpa dei negri, è colpa degli zingari, è colpa dei briachi, è colpa dei greci, è colpa dei tedeschi, è colpa di Renzi, è colpa di Berlusconi, è colpa di Montella, è colpa di Gigi D'Alessio. Mai una volta che sia colpa nostra; eppure, quella colpa nostra la stiamo vivendo ed esercitando proprio in quel preciso momento. La colpa di essere su quell'autobus, o incolonnati in un ingorgo terrorizzati di arrivare tardi al lavoro. Terrorizzati di non avere quel Reddito senza il quale ti sei convinto di non poter vivere. Senza il quale ti hanno convinto che morirai di fame.  Senza il quale ti hanno inculcato che la tua vita non è possibile. Senza il quale ti hanno obbligato a prendere in seria considerazione l'idea di toglierti di mezzo, escogitando così una forma suprema di sterminio che, per altro, ti trova perfettamente d'accordo. 

Questa è l'epoca in cui, sempre di più, si sente dire che morire sarebbe l'unica forma per riposarsi finalmente un poco. Col cazzo! Cominciare a riposarsi ammodino in vita. Rimandare. Essere del tutto inaffidabili. Se penso di aver dato mezza vita non dormendo la notte per consegnare imprescindibili traduzioni di manualetti inutili "entro le 9 la mattina", oppure di essermi guadagnato un infarto per andare a soccorrere vecchiacci "che non respiravano" perché tenevano le finestre sprangate ermeticamente in pieno agosto, non mi do di imbecille: mi do di padre di tutti gli imbecilli. Non farsi trovare. Non rispondere alle mail. Spegnere i telefonini oppure lasciando suonare a vuoto una qualche stupidissima soneria. Non farti rintracciare. Salti fuori quando ti va, e se putacaso "ci perdi il lavoro", fagli una risata sul muso.

Ce l'hanno tanto col comandante Schettino: dovrebbero fargli un monumento, invece. Con il suo "inchino" davanti all'isola del Giglio ha creato centinaia, migliaia di "posti di lavoro". Visto che il "posto di lavoro" è l'aspirazione massima dell'essere umano, bisognerebbe essere grati a quell'uomo che, provocando il naufragio della nave più grande della Storia, ha permesso a chissà quante famiglie di vivere dignitosamente, smontando pezzo dopo pezzo la Costa Concordia. C'è stata pure la guerra tra i porti: Piombino, Genova, Napoli, la Turchia...tutti a scannarsi per avere il relitto. E i guadagni ottenuti vendendo le migliaia di tonnellate del relitto? Ma vuoi mettere? Ci vorrebbe una Costa Concordia al mese, e che saranno mai una trentina di morti in crociera. Il lavoro, di morti, ne fa a milioni e nessuno protesta. E l'operaio della Thyssen Krupp o dell'ILVA di Taranto non si possono nemmeno rottamare, al massimo seppellire. Che lo si voglia o meno, il comandante Schettino ha creato un'economia, un indotto, un movimento di capitali, un affarone.

E tutto questo, poi, lo hanno persino trasformato in materia di studio teorico, con tutte le sue perniciose applicazioni pratiche. E' quella che si chiama, appunto, economia. Il rifiuto dell'economia e dell'economismo, della sua dittatura oramai senza più nessun limite, sarebbe il primo passo. Anche con semplicissimi gesti: quando in televisione ti compare l'economista coi suoi sproloqui, cambia canale. Guardati i cartoni animati o il giallo. Meglio anche la trasmissione con i cuochi. Meglio il Tour de France. Non dargliela vinta. Poi, magari, un bel giorno ti prenderà pure la voglia insopprimibile di non svegliarti la mattina, di non farti la doccia ascoltando l'andamento della Borsa di Timbuctù, di non montare in macchina, di non salire sull'autobus.

Così ammazzi il "mercato" e le sue leggi. E ammazzi anche gli "antimercato" che, senza il mercato, non potrebbero vivere. Dicono che la verità sia rivoluzionaria; cosa del tutto falsa, poiché le rivoluzioni si basano esclusivamente su meravigliose e articolate menzogne (senza le quali non si potrebbe mai "superare l'esistente"). Autenticamente rivoluzionaria è, invece, la semplicità. La realtà si basa su poche e semplici cose.

E uno, e due, e tre, e quattro....

Τί θα κάνουμε χωρίς δουλειά;
Θα ζούμε, φίλε, θα ζούμε!
Και πως να ζούμε χωρίς λεφτά;
Θα ζούμε απ' τη ζωή μας!

giovedì 25 giugno 2015

San Giovanni



Va a finire che un pensiero ce lo butto sempre a quel ventiquattro di giugno di ventidue anni fa. La telefonata, la piazza con gli alberi, l'assurdo giro in macchina, i fochi della festa patronale con una specie di morte dentro, il sonno di sfinimento in una casa altrui, e quella mattina dopo coi suoi dieci giorni cancellatimi dalla vita. Ho smesso però da tempo di combattere contro quel ricordo, e questa è secondo me la vera e profonda funzione del tempo che scorre. Non aiuta a dimenticare, come si suole dire, ma a sistemare ogni ricordo e ogni evento della propria esistenza nell'accettazione, proprio come gli elementi di un puzzle. Peccato, poi, che il completamento di quel puzzle equivalga al completamento della vita stessa, ma questo è probabilmente un altro discorso.

Però, stamani, quando il consueto pensiero, o ricordo, si è affacciato decisamente puntuale, è durato molto poco e non ha comportato nessun fastidio. Stavo camminando per le strade del mio quartiere, verso le sette e mezzo del mattino, in un ventiquattro di giugno quantomeno particolare. Ieri notte c'è stato un temporalone di quelli sodi, che poi è stato veramente spazzato via dal vento; così, quando mi sono svegliato, c'era un cielo limpidissimo, una luce accecante e una temperatura da primavera in Scandinavia. Me ne sono uscito per fare una cosa, con la stessa maglietta e gli stessi pantaloncini corti della sera prima, ma appena messo il naso fuor dall'uscio ho sentito le zizzole portate dal vento freddo. E così, espletato il pensiero (i ricordi visitano quasi sempre al risveglio di un dato giorno), mi è venuto in mente di parlare non di quel San Giovanni che si allontana sempre di più, bensì di oggi. Ventiquattro giugno 2015, nell'anno cinquantesimo secondo di mia vita (per dirla vagamente alla Villon).

Una luce come quella di oggi non è comune; sembrava una tramontanata di fine novembre trasmigrata a mezz'estate. Passando all'ombra, faceva un freddo che si pelava; nelle isole di sole di quell'ora mattutina si sentiva però già un barlume di caldo. Camminavo piano e un po' zoppicando, perché in questi giorni ho un rigurgito della tallonite che mi perseguita a intervalli, dovuta ai miei piedacci valghi, vàlgame Dios. Già non sono un bello spettacolo a vedermi camminare normalmente, con la mia andatura da papero scosciato (insuperabile definizione di mia madre), e figurarsi quando ho male ai piedi. Piano piano sono arrivato in una strada diritta e molto larga, procedendo sul lato solatio; e dovevo letteralmente aggrottare gli occhi da quanto la luce era violenta. Quasi nessuno in giro a quell'ora, nel giorno di festa; e la luce ha cominciato a agire.

Su di me, la luce agisce aumentando a dismisura quella che è già una mia caratteristica naturale: l'attenzione ai più minuti particolari di ciò che mi circonda. In questo, credo, somiglio parecchio al Marcovaldo di Italo Calvino; e quando c'è una luce come quella di stamani, accompagnata dal vento, una camminata di un chilometro e mezzo per le strade del proprio quartiere diventa un universo da esplorare. 

Così, ad esempio, attraversando sulle strisce pedonali nella strada lunga, diritta e mezza inondata dal sole accecante, ho visto una monetina da cinque centesimi proprio su una striscia bianca. Mi sono chinato per raccoglierla, perché cinque centesimi possono sempre far comodo, per accorgermi che era stata come inglobata dentro la striscia. Doveva, chissà, essere scivolata ad un operaio mentre rifaceva quelle strisce; impossibile staccarla. Il particolare genera la storia; approdando sul marciapiede, mi sono subito immaginato quella di una monetina catturata dalle strisce pedonali che provoca un effetto a catena dalle conseguenze incalcolabili. Ho una passione per questo tipo di storie a "domino", che iniziano con un evento apparentemente insignificante, che risale a quand'ero bambino, ed in particolare a quando lessi la prima storia del genere, un racconto di Dino Buzzati intitolato L'uovo

Insomma, tra luce, vento e monetine, il ricordo lontano era già bell'e andato a farsi benedire; e quando l'ho notato, in mezzo alla storia già quasi formata (ma che non racconterò perché, magari, un giorno o l'altro mi verrà la voglia di scriverla), mi ha messo in uno stato d'animo che non esiterei a definire gaiezza. La gaiezza è straordinaria e ha un effetto terapeutico immediato; fa sparire la tallonite, mette un appetito formidabile, non ti fa fumare, guarisce ogni ferita. E genera, tra le altre cose, un ricordo legato a un giorno. Da oggi, il ventiquattro giugno può sì tranquillamente restare il giorno di cui parlavo all'inizio, ma è anche diventato il giorno della monetina inglobata nelle strisce pedonali, con un Venturi che provava a staccarla inutilmente come in uno sketch di Candid Camera.

Ché poi, alla fin fine, anche di quel lontano San Giovanni mi restano più che altro particolari del genere, mi son messo a pensare. Il telefono a disco. L'albero nella piazza.  La giacchetta sahariana che avevo addosso (piovigginava quel giorno) con una palma ricamata, e che poi è andata perduta chissà dove. Il biglietto dell'autobus. Ogni cosa, tranne una: la faccia della persona che di quella giornata è stata pur sempre coprotagonista. Non mi ricordo nulla, né che faccia aveva quel giorno, né com'era vestita, né come camminava e neppure che cosa mi diceva. Tutto come svanito. Non fosse per due o tre foto di cui ho serbato memoria (una con una gattina in mano quando aveva diciassette anni, una su una panchina in pietra di dieci anni dopo), faccio tout court fatica a ricordarmi com'era fatta. Quasi del tutto sbiaditi anche i ricordi del suo corpo. Può essere una cosa strana, perché si tratta di una persona con cui ho avuto una consuetudine di lunghi anni; ma appartengo evidentemente a coloro che lasciano agire liberamente i flussi della memoria rifiutandosi di forzarli, ad esempio, con artifici tecnologici.

Al ritorno, la luce si era fatta ancora più violenta. Il cielo di un azzurro indicibile, e il vento che però sembrava un po' essersi acquietato, nonostante fosse sempre ben avvertibile. Sembrava, perché all'improvviso ha ricominciato a soffiare, prendendomi stavolta d'infilata in un'antica e stretta stradina; una di quelle che, in questo strano quartiere, è sopravvissuta all'urbanizzazione coi suoi terratetto forse secolari e le sue corti. Mentre camminavo, passato il bar dei siciliani accanto alla lavanderia a gettone, da una finestra al piano di sopra di uno di quei terratetto è caduto, per il vento, un oggetto. Uno zerbino color vino, con il disegno di un gatto bianco e nero.

L'ho visto come volteggiare per l'aria mentre cadeva, facendo letteralmente delle circonvoluzioni quasi fosse una piuma e non un oggetto che ha pur sempre un certo peso; è atterrato sul marciapiede, alle mie spalle, e si è messo a inseguirmi. Facevo un passo, e il vento me lo spingeva dietro a capriole; un altro passo, e una capriola. Così per una ventina di metri. Poiché la cosa doveva avere per forza un suo significato, e dato che gli zerbini non vanno di solito dietro ai cristiani, l'ho stoppato con fare deciso e anche vagamente marziale. "Altolà!" Così ho gentilmente chiamato una signora che si era affacciata alla finestra dicendole che il suo zerbino mi stava dando la caccia. Tra mille ringraziamenti mi ha aperto il portone e glielo ho messo sul primo gradino della rampa di scale che, in ogni terratetto (o "fetta di casa", come dicono a Piacenza e dintorni), mena al pian di sopra. Alle pareti delle scale, foto di una bambina e di due gatti. Gatto pure sullo zerbino. Sono uscito molto contento, e sempre più convinto di aver vissuto stamani delle avventure straordinarie mandatemi nel giorno di San Giovanni. 

Visto che oggi era festa, ho dormito per mezza giornata. Dormire è rivoluzionario. S'immagini se, un giorno, tutti quanti dicessero: "Oggi non ci vo a lavorare, sto a dormire quanto mi pare. E vaffanculo!" Insomma, stamani, evidentemente, mi sono svegliato perché mi stavano aspettando delle avventure che Giulio Verne non se le è manco immaginate di striscio.Stasera c'era un cielo di un colore che non so dire; indaco, sì, ma non rende del tutto l'idea. Puntuali come la morte, a una cert'ora sono partiti i fochi sparati dal piazzale Michelangiolo; ma non sono andato a vederli. Li ho ascoltati, pum putupùm pumpùm patapàm. Me li sono immaginati in quel cielo meraviglioso. Girava il gatto Nicco nel cortile finalmente restituitogli dopo giorni e giorni di lavori fognari; e ora me ne torno a dormire. La buonanotte a tutti.

martedì 9 giugno 2015

Estate



Le poche volte che mi accingo a parlare di “questo blog” ho, credetemi, i sudorini freddi. Non solo non mi piace farne un soggetto autoreferenziale, ma sono oramai convinto in modo ferreo che la cosiddetta “comunicazione in rete”, in tutte le sue forme, sia la più grande truffa del millennio. Una truffa, occorre dire, cui abbiamo partecipato e stiamo partecipando tutti quanti. Non comunichiamo un bel nulla, in realtà; più la tecnologia avanza, e più siamo incapaci di formulare dei pensieri articolati che siano degni di questo nome e che abbiano qualche possibilità non dico di incidere su un granello di realtà, ma semplicemente di essere percepiti. Siamo diventati i robottini delle cazzate, le macchinette del vuoto a perdere mentale, chini su smartphone che oramai costano meno di mezzo chilo di prosciutto di Parma.

Parole, parole, parole, parole, parole. La politica condotta oramai quasi interamente attraverso un sito commerciale dove si scrivono specie di messaggini che, però, in generale sono assai più stupidi dei vecchi SMS. E ancora parole, parole, parole, parole. Cosiddetti movimenti interi, gestiti o meno da comici che non farebbero più ridere nemmeno una iena, che propagandano democrazie, legalità e onestà come fossero gite con la vendita di pentole, naturalmente affidandosi alla Rete; del resto, quando li si vede in faccia, sembrano tutti irreali, disegnati con qualche programmino di grafica digitale. Qualcuno avrà notato la tipica facies del Pentastellato: tutti con lo stesso visino che zampilla onesta e normalità, le stesse barbette curate da trentacinquenne standardizzato del pianerottolo accanto, le stesse camicette, le stesse guancine da giovane mamma laureata. E sempre parole, parole, parole, parole. Gli avvenimenti in diretta dalla piazza-simbolo che, a turno, cambia il mondo in media per trentasei ore, la protesta, la catastrofe, la strage, la guerricciola, i califfi, il campionato, l'astronauta, il barcone. E continuamente parole, parole, parole, parole che si sovrappongono, si intrecciano, si contraddicono, si urtano, si annullano. Il nulla, appunto. Strumenti obbedienti del bla bla bla planetario, vale a dire del più efficace e definitivo sistema di controllo mai approntato.

Ecco, vedete come va sempre a finire. Esordisco in pompa magna dichiarando che parlerò di “questo blog”, ma poi sbarello di qua e di là; non a caso qualcuno mi ha chiamato il dottor Divago. Anche perché, viste le premesse, gli auspicabilmente pochi che ancora leggono le mie deliranze (una sottolineatura rossa mi avverte che la parola “deliranze” non dovrebbe esistere, ma è la stessa che vedo sotto “Pentastellato”, “guerricciola” e persino “blog”) potrebbero farmi un'obiezione più che ragionevole: Bene, Venturi, e allora perché non pianti baracca e burattini, non chiudi ogni cosa, non scompari dalla Rete, non ti ripigli penna e quaderno davanti a un tramonto sul mare e non torni infine al tuo oramai sempre meno latente primitivismo pre-tecnologico? (altra sottolineatura rossa)

Obiezione assolutamente inoppugnabile. E qui mi partono altri divertenti trip. Comincio a immaginarmi, che so io, la Rivoluzione Francese a base di blog e social networks; glì #Stati Generali tenuti in videoconferenza, gli account @louisseize, @maxirobes e @fouquiertinville, il top blog L'ami du peuple (http://lamidupeuple.blogspot.fr), i gruppi Facebook giacobini, montagnardi, foglianti, termidoriani, delle Tricoteuses e degli Incroyables. Sarebbe, naturalmente, tutto finito in un allegro pateracchio, passando alla storia come Printemps Français o roba del genere. Oppure la Rivoluzione d'Ottobre, cominciata naturalmente con un gigantesco flash mob davanti al Palazzo d'Inverno mentre Anonymskaja metteva fuori uso i siti governativi zaristi, Nicola II veniva condannato alla cancellazione definitiva delle pagine FB sua e dei suoi familiari (decretandone quindi qualcosa di ben peggio della morte, perché chi non ha una pagina FB non esiste) e le steppe venivano squassate dal grido Tutto il potere a @soviet.gov.ru. Ed è così che noialtri comunichiamo, comunichiamo e comunichiamo riuscendo, come per miracolo, al tempo stesso a stare zitti. Un silenzio compatto e tombale. Rivolte fagocitate negli snodi della Rete. Ribellioni spiaccicate sui #cancelletti. Utopie ridotte a link. L'Anarchia passata dalla “A” cerchiata alla @ commerciale. Resta, forse, soltanto qualche ostinato montanaro valsusino che, peraltro, con le sue manacce e le sue vanghe sta riuscendo a mettere in scacco tutto un sistema ben più di noialtri con tutte le nostre comunicazioni interattive.

Beh, d'accordo, di “questo blog” non ne sto parlando affatto. Non è diverso dagli altri. Non sono diverso dagli altri. Perché, lo si sarà capito fin dall'inizio, non lo chiuderò affatto. Andrà avanti come sempre, come un balocco a volte un po' pericoloso che procura denunce e processi, e più spesso come un solitudinatojo. Andrà avanti come un buffo ricettacolo di antagonismi, e più spesso di antagonìe. Andrà avanti per non andare indietro. Bella questa; è una frase che non significa assolutamente un cazzo, però suona bene.

Però avendo coscienza di una cosa. Figurarsi che io voglia fare il profeta; potessi, anzi, piglierei tutti i profeti, di ogni tempo, e ficcherei loro un raudo fischione acceso nel culo. Ma non ritengo lontanissimo il tempo in cui la cosiddetta “Rete” imploderà completamente, e imploderà nel nulla che ha creato. Accadrà, magari, quando sempre più persone si accorgeranno che una “rete”, per definizione, serve a catturare. Qualcosa in cui si rimane impigliati per non uscirne più, o meglio per uscirne soltanto salati, inscatolati, messi in vendita e pronti all'uso. E' esattamente quel che è successo a tutti noi, che le abbiamo affidato soprattutto la speranza e il desiderio di non essere anonimi e impotenti, per poi tornare alla gabbia dell'anonimato. La speranza e il desiderio di dire e cambiare, per poi non dire più niente e farci strumenti della conservazione e di un controllo sempre più capillare. La speranza e il desiderio di essere capiti e aiutare a capire, per poi constatare, fumando una sigaretta in una sera d'estate, che non ci capirà mai nessuno e che voi continuate a non capire una sega.